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Libera esa magia

5 septiembre, 2022 | Anécdotas, Apuntes, Arte Textil, Libros, Reflexiones, Vivencias | No hay comentarios

Una amiga me recomendó un audiolibro, y como terminé de escuchar “El largo pétalo de mar” de Isabel Allende, y tenía en mi biblioteca el otro empecé a escucharlo en el auto rumbo al trabajo.

El libro se llama “Libera tu magia” de Elizabeth Gilbert, la autora de “Comer, rezar, amar”. Habla sobre la creatividad, las ideas creativas. En uno de los primeros capítulos dice que las ideas eligen a sus destinatarios, y que entre ellos se establece un contrato. Vendría a ser así: la creatividad me vuelca luz sobre algún proyecto que estoy gestando, y yo debo comprometerme a llevarlo adelante con atención, dedicándole tiempo hasta concluirlo.

Para ejemplificar la situación menciona el período en que estuvo investigando sobre una imaginaria autopista que se construiría en el Amazona; sobre quien sería la protagonista y cómo era su vida antes de tener que viajar a Brasil; lo que le sucedería una vez que la protagonista llegara al lugar y cómo resolvería el asunto. Pero un evento personal hizo que tuviera que dejar de lado el proyecto por más de un año, y cuando lo quiso retomar ya no contaba con la inspiración necesaria para continuarlo a pesar de tener todavía las fichas con los datos que había archivado sobre el argumento.

Un tiempo después fue a la conferencia de una mujer a la que no conocía. Cuando terminó de hablar, se le acercó para agradecerle su alocución, le dio un beso y a partir de allí comenzaron una amistad que duraría años. Como no vivían cerca, se comunicaban por carta, a pesar que ambas usaban la tecnología. Un día su amiga le comentó que ya tenía escritas cien páginas de una nueva novela, que se trataba de una autopista que se construía en el Amazonas, con algunas diferencias que la rodeaban respecto del proyecto de novela de Gilbert.

Gilbert nunca le había comentado de su proyecto inconcluso.

Tanta causalidad llevó a Gilbert a sostener que cuando la idea creativa la buscó a ella y no pudo llevarla a cabo, había incumplido el contrato implícito que se había generado entre ambos. Que la idea entonces buscó otro destinatario, y evidentemente lo encontró. La escritora cree que pasó de una a otra persona el día que se conoció con quien sería su gran amiga, y se dieron un beso como saludo. En ese momento la idea paso de una a otra.

Mi profesora de arte dice que los artistas tenemos un don que nos da el universo, que somos vehículos de ese don y que debemos compartirlos con nuestro prójimo. Por eso el artista trabaja, estudia, se perfecciona, para devolver al universo ese don que le ha sido dado.

¿Será eso así? Podemos creer que el don nos es dado por Dios, o por el universo. Es lo mismo, sólo depende de las creencias que tengamos. El punto es entender que si nos dan un don debemos saber cómo devolverlo. ¿Será que los dones nos son dados de acuerdo a nuestras facilidades artísticas, empresariales o deportivas? ¿Cómo saber que tenemos que prepararnos para poder recibir esos dones?

Si aceptamos esos dones y la forma en que nos eligen, debemos estar abiertos para recibirlos, honrarlos, trabajarlos cumpliendo con compromiso el contrato, y devolverlo al universo para que otros disfruten de él. Ahí debe radicar el verdadero compromiso del artista.

BICHA de CLAUDELINA

La carta manuscrita

9 agosto, 2022 | Vivencias | No hay comentarios

Me anoté en una cadena de mails que publicó Aniko Villalba para recibir una vez al mes una carta por correo electrónico y volver a la lentitud.

Una forma de reeditar la recepción de cartas por correo. Escritas a mano, de puño y letra del remitente.

Esa modalidad, como todo, tenía su encanto. Uno preparaba el momento como una ceremonia. La lapicera de tinta favorita, con el cartucho lleno; o la birome de trazo grueso que se deslizaba sobre el papel como una bailarina.

Acomodada en el escritorio, o la mesa de la cocina, el almohadón en el asiento; que nada nos interrumpa.

Escribir una carta requería toda nuestra atención. Había que recordar todos los acontecimientos que queríamos contar, las noticias que hacía falta comunicar, los deseos que queríamos transmitir, porque no había forma de intercalar palabras después de era escritas, como hoy puede hacerse en un correo electrónico o en un whatsapp.

La carta tenía un orden cronológico. Se comenzaba por contar los momentos que seguían a los que nos había relatado nuestro destinatario en su última carta; así podíamos continuar una línea del tiempo. Luego se contaban los eventos del presente, se detallaban algunas anécdotas, se contaban los amores y los desamores. Por último se le deseaba al destinatario que tuviera buenas vacaciones, buen viaje o buena vida.

Para terminar se doblaba la carta cuidadosamente, se la metía en un sobre que hacía juego con el papel en los colores o el material; se mojaba con la lengua el pegote de la estampilla y llevábamos el trofeo al correo para despacharlo. Dejarlo en su lugar listo para el envío, nos dejaba la doble sensación de la misión cumplida y un vacío que nos envolvería hasta recibir la respuesta del destinatario.

Esa ceremonia se podía repetir, digamos, una vez por mes. Y nos permitía imaginar el paso del tiempo de acuerdo a las distintas etapas que la carta pasaría hasta llegar a su destino final. La imaginábamos en una pila de cartas recibidas por el empleado del correo; luego metida en estantes pequeños junto a las compañeras de ruta. De allí pasaría a alguna saca para ser transportada al aeropuerto y luego subida a un avión, ya sea al interior o al exterior del país. Trasladada en la bodega del avión, para después hacer la ruta inversa en el correo del lugar de destino: corte del precinto de la saca; ingreso al casillero de las cartas del barrio del destinatario; baile dentro de la saca del cartero junto a las cartas que compartían el recorrido hasta ser tomada por él para ser deslizadas por la boca del buzón, adonde en la penumbra, esperaba que el destinatario la abriera y le obsequiara la magia de la ceremonia de abrir una carta.

BICHA de CLAUDELINA

El año del tigre

11 febrero, 2022 | Vivencias | No hay comentarios

wildlife photography of tiger

La pandemia nos ha llevamos a descreer de todo. En las noticias, en la vacuna, en la estadística, y sigue la lista.

Nos la pasamos pensando en qué sucederá, si debemos o no volver a trabajar presencial; si podemos o no ir al cine; si nos vamos de vacaciones al exterior con miles de papeles por llenar o si viajamos por acá nomás para ir más livianos.

No creemos cuando nos dicen que otros se contagiaron de Covid por ahí; eso no puede ser porque alguien debe haber tenido contacto estrecho. No creemos en el PCR, si da positivo pensamos que es un falso positivo; si es negativo habría que hacerlo de nuevo para estar seguros.

Nos llenamos de información inútil en vez de elegir pensar en tareas productivas como crear una huerta; sentarnos en la plaza a leer; escuchar un audiolibro; caminar por la ciudad; o simplemente permanecer en silencio para ayudar a nuestro cuerpo a cargar su energía.

Dice el filósofo Byung-Chul Han que el silencio es justamente el momento de la meditación; el tiempo necesario para frenar la excesiva actividad consumista y dedicarle instantes a la observación. El silencio no es productivo para el mundo consumista; no produce nada, pero sí nos permite meditar, rezar, reflexionar, respirar despacio, y pensar en todas aquellas cosas que nos nutren, como los recuerdos, los caminos que tomaron nuestros amigos, los instantes que nos regalan los pájaros.

El año del Tigre del horóscopo chino nos invita a la aventura, a nuevos viajes, al reestablecimiento de esos viajes, a recordar que debemos cuidar de la naturaleza que nos rodea. El mundo cambió para siempre. El tigre de agua nos traerá empatía y creatividad, y a quienes son tigres les traerá Introspección, momento de remover la tierra para arar («Horóscopo Chino 2022», Ludovica Squirru Dari).

Este verano nos juntamos un grupo de amigas y nos tiramos las cartas de Tarot, que nos auguraron emociones fuertes pero positivas. Supongo que nos harán temblar un poco las emociones, pero lograremos avanzar en el camino, dejando terminadas todas las tareas que teníamos comenzadas. Eso hará un buen Tigre de Agua, como yo.

¿Creemos en todas esas energías? ¿Sabemos incorporarlas a nuestras vidas para que no todo sea exclusivamente racional?

Deberemos hacer el esfuerzo porque la pandemia no quitó las ganas; nos alejó de los amigos; nos recluyó en nuestro cuarto; y nos llenó de noticias infladas.

Es momento de sacar las garras, y empezar a caminar este nuevo mundo post pandemia.

BICHA DE CLAUDELINA

Todas las imágenes desaparecerán

12 noviembre, 2021 | Vivencias | No hay comentarios

Los chicos en la calle de tierra corriendo carreras con las bicicletas en el barro

Las gatapeludas en los tilos, y la abuela Lina haciendo un cucurucho con el diario, al que lo prendía fuego para hacer una antorcha que luego acercaba al nido de los gusanos con pelos.

La pileta de la casa de City Bell llena de agua estancada en invierno. El agua le llega hasta la mitad de su profundidad, y está llena de hojas grandes de los robles que se fueron pudriendo. En toda la superficie se pueden ver sapos que nadan entre las hojas y la mugre.

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Los pasos

26 julio, 2021 | Vivencias | No hay comentarios

Nos habían prestado la casa porque les habíamos hecho un favor a los dueños hacía un tiempo. Al final las buenas acciones tienen recompensa. Así que preparamos algo de ropa, toallas para disfrutar de la pileta, sábanas y quilts y nos fuimos  instalar por un mes en la casa de City Bell.

Calle 15 y 508, una esquina preciosa. La casa era de estilo, muy bien conservada aunque tenía la cantidad justa de muebles. Lindo parque y mejor pileta.

Una galería adelante rodeada de Santa Ritas, otra detrás de la casa con acceso directo a la pileta, dos habitaciones grandes, una con dos camas de una plaza y otra con una cama de dos plazas. Por una escalera en el pasillo se subía a un altillo que había sido decorado como una habitación para niños. Era como un pequeño paraíso con ventanas mínimas y mucho sol entrando a través las cortinas.

Era viernes, hicimos asado y estábamos con nuestro hijo, y dos invitados, Abraham y su hija Carmela. Hacía calor, nos quedamos en la terraza trasera conversando.

De pronto escuchamos ruidos entre los arbustos. Es el viento dijo Abraham, no, el camión de la basura que está llegando a la esquina de la casa; o era algún gato del barrio que salía de festejo los viernes?

Seguimos charlando, aprovechando la tranquilidad de enero, el calor de la noche, la posibilidad de estar relajados y cómodos. Carmela nos contó que había aprendido a andar en bicicleta sin rueditas y ya a la tarde nos había mostrado como nadaba sin salvavidas ni bracitos.

Más ruidos, parecía pasos que se acercaban. Nos incomodó el ruido, nos acomodamos en los asientos algo excitados, Carmela dijo que eran dos ojitos chiquitos que nos miraban. Corrimos los asientos un poco alejados de los arbustos, hacia la zona de la pileta, y seguimos conversando.

El fútbol era el tema del momento, la formación de los equipos, si ganaría Estudiantes de la Plata o Gimnasia, la charla podía hacerse eterna, cuando de pronto aparecieron. Eran dos comadrejas enormes, del tamaño de un perro labrador. Overas. Con el pelo de mil colores, cuando nos miramos los hombres contra los animales el tiempo se congeló. Pareció que todos nos sorprendimos.

Nosotros, por ser gente de departamento que solamente está acostumbrada a animales pequeños o domésticos; y las comadrejas porque no estaban acostumbradas a ver gente. La casa había estado desocupada todo el año hasta que llegamos nosotros en enero. Las espantamos con un par de gritos y retrocedieron hasta la ligustrina. Allí ambas se miraron y una empezó a gritarle a la otra. Parecía que le reclamaba, chillaba como enfurecida. La otra bajaba la cabeza y no le respondía.

Nosotros agarramos una escoba y un balde que puse debajo de la canilla para juntar el agua que las espantaría, cuando podría haber corrido a la pileta y hacerlo de un zarpazo, pero mi educación de departamento no me avivó para ello. La comadreja chillona volvió sobre sus pasos, regresó al arbusto, nos miró y siguió caminando hacia la esquina del terreno donde estaba el cajón de madera en el que se depositaba la basura diariamente. Se trepó, abrió las bolsas, tomó unos restos de comida, y se volvió hacia el fondo del terreno junto a su casal.

Después de todo había ido a buscar la cena para sus cachorros.

BICHA de CLAUDELINA