Autor: Osobicha

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El campo

6 mayo, 2021 | Vivencias | No hay comentarios

Habíamos llegado al campo al atardecer. Hacía rato que no íbamos. Las inundaciones nos habían alejado y debíamos ir a recomponer la casa, el galpón y los animales. Nunca no imaginamos que todo terminaría de esa manera.

La chata patinaba en el barro que había dejado la intensa lluvia de mayo. Cerramos la segunda tranquera y ya enfilábamos para la casa por el camino de doble senda cuando vimos lo peor. Fierro, el mestizo del cuidador del campo, comiéndose los restos de una vaca.

Los perros no matan para comer, sino nunca vivirían en el campo ni serían la compañía de los gauchos. Además comida es lo que les sobra a los perros del campo. Todos son alimentados con lo que se siembra o faena, por lo que la escena nos estremeció. Descargamos los bolsos y nos encontramos con Indalecio que nos esperaba en la galería listo para darnos todas las noticias del lugar, especialmente de nuestra casa con sus animales.

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El cajón vacío

19 marzo, 2021 | Vivencias | No hay comentarios

Las enaguas no eran aptas para andar por todos lados como le gustaba a Anabella. Sus dotes de investigadora la llevaban siempre a lugar inhóspitos,  y esta vez no fue la excepción. La peste que azotaba al pueblo de montaña en el que vivía se había visto sorprendido con otro episodio desagradable. Sin preocuparse por su falda con barro en el ruedo Anabella se fue hasta el lugar del hallazgo del ataúd que había aparecido en la puerta de la familia Rampert. Estaba usado y …vacío.

Huntington era un pueblo sencillo que, como otros, estaba sufriendo los efectos de una peste desconocida. Los médicos estaban estudiando sus consecuencias en las personas y en los animales. Para evitar contagios se había recomendado a la población usar una especie de barbijos, como los que usaban los médicos en las salas de operaciones. Anabella se había cosido uno con lienzo blanco al que la había agregado una puntillas que ella misma había tejido, para que de esa forma le combinara con las blusas de encaje que su madre vendía en la tienda del pueblo.

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Me senté en el escritorio y prendí la computadora para escuchar la clase de filosofía. Acomodé la silla y pateé algo por debajo de la mesa. Era el canasto de lanas.

Lo arrastré hacía mi para ver qué había adentro, y para mi sorpresa no encontré lanas y agujas, sino mi propia historia.

Mi abuela se llamaba Claudelina, tejía todo tipo de elementos. Bolsos gigantes para ir a trabajar y llevar todo adentro; carteras mínimas con hilos de brillos para llevar a las fiestas; cartucheras para lápices de colores. Tenía buen público: cuatro hijas mujeres.

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El colectivo 80

16 diciembre, 2020 | Anécdotas, Apuntes, Ejercicio creativo, Vivencias | No hay comentarios

Yo tenía doce años, me creía adulto, o al menos adolescente avanzado. Mis padres trabajaban y me habían dado permiso para ir a la casa de Federico después de la escuela.

Fede vivía a diez o doce cuadras de casa, o algo así. Yo me tomaba el 80 y llegaba en un ratito, sabía que me tenia que bajar en la parada siguiente apenas viera la parrillita “Don Pepe”. Ahí me levantaba y ya tocaba el timbre, cruzaba la avenida, caminaba una cuadra y ya estaba en su casa.

Había hecho ese viaje tres o cuatro veces, y siempre mis padres me iban a buscar a la tardecita, me volvía en auto con ellos.

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La fiesta de anoche

26 octubre, 2020 | Lo que me pasa, Vivencias | No hay comentarios

Reunión de personas que se hicieron amigos en la cuarentena. Piso cuarto, en la casa de Amadeo que tiene una mesa para doce y somos 6 los que no asomamos  la cara a la calle para cuidarnos del Covid 19.

Pedimos empanadas; había vino y gaseosa. Pertenezco al mundo de los aburridos que no toman alcohol y les toca conocer las miserias de la gente que vomitan cuando ya tomaron mucho, repiten los problemas, y se olvidan de lo que dicen.

Cuando llegué, ya habían almorzado. Era el momento del postre y el café. Además de  Amadeo, mi marido y el solitario y depresivo Charlie, estaban dos personas que no conocía, Salvador y Willy.

Willy, piloto de avión y padre de una de las vecinas que también es piloto de avión, se presentó muy alegre, y me empezó a preguntar de mi vida a lo cual le respondí que después le tocaría contar la suya. Willy permanecía en absoluto silencio.

Cuando le llegó el turno a Willy contó que durante 29 años había sido piloto de avión, que le quedaba un año para jubilarse, que no tenía un proyecto para continuar en esa nueva etapa, que era separado y tenía tres hijos. Entre ellos su hija Mariana, una de mis vecinas de cuarentena.Contó que había sido un hombre muy religioso y espiritual, con una gran carrera que cubrió sus expectativas a la vocación que lo había llevado a abandonar la carrera de ingeniería a pesar  de la oposición de sus padres. Que después que se separó, tras 28 años de matrimonio, se cruzó de vereda.

Que querría decir que “se cruzó de vereda”? Que había salido del placard? que había dejado su carrera por otra, pero si dijo que era un piloto experimentado! Se lo pregunté.

Me dijo que se había inclinado por los hombres, que tenía una nueva pareja, un abogado, que no vivían en la misma casa, y que todavía estaba descubriendo lo que era una pareja de ese tipo.

Comimos las empanadas, se sirvió otra vuelta de vino y de gaseosas. Empezamos a levantarla mesa, las mujeres por supuesto. Los hombres cargaban a Willy porque no decía si tenía pareja, hasta que en un momento dijo que era nuevo en el grupo pero no recordaba nuestros salvo el mío porque esposa durante siete años, una cubana, se llamaba igual que yo.

Conversamos sobre el amor, y Willy preguntó qué era. Ahí se reanimó la conversación y se animó la reunión. Empezamos a tirar frases hechas, hablábamos en serio, pero algunos no se comprometían con sus opiniones ni sus vivencias. Como los hombres querían que Willy confesara si ahora vivía con un hombre o una mujer, y el tema no me parecía ni divertido ni interesante, yo no tenía ese morbo ni necesitaba esas certezas para conversar con alguien, preferí ir con las niñas de la casa que jugaba en la playstation. Bailamos dos temas entre cuatro mujeres, y gané en los dos bailes que hicimos. Morimos de risa cuando vimos los videos que grabamos de cada uno.

Cuando los borrachos ya gritaban y repetían frases aburridas, pedí pista y me retiré honorablemente diciendo que debía escribir para el mundial de escritura en el cual me había anotado, y que si no cumplía mi cuota diaria mi equipo perdía puntos.

Es cierto que mi edad me permite retirarme cuando quiero de cualquier lugar, porque ya no insisten más que una o dos veces que me quede. Claro que no es un problema de horario, no es que quiera volverme a casa para irme a dormir. No. La idea es volver para disfrutar de mi tiempo y mi lugar.

Mejor así, porque esta cuarentena sigue, no se sabe hasta cuando y los vecinos continúan con sus costumbres y sus discursos armados que no cambiarán. Algo que deberé descubrir en cada encuentro, pues a los amigos uno los conoce y los elige pero a los vecinos no. El que toca, toca, la suerte es loca.

BICHA de CLAUDELINA